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viernes, 1 de octubre de 2010

presos politicos (1)

   La noticia  de la excarcelación  de algunos  presos  políticos, su  deportación, el litigio  con  la Iglesia Católica , el gobierno  de España  y  otros asuntos  sobre el tema han  sido  noticias en los  últimos  meses.Mucho  se  habla  sobre  el lugar de  destino  de los prisioneros  y del sufrimiento  pasado  tras  las rejas. Casi  nunca leo  sobre la  agonía  que  permanece  en  la  memoria, esa que por  más  que se  intente describir con  palabras e  imágenes no se  deja ver en  toda la extensión  porque  su perversidad se deleita con quedar atrapada en  la conciencia  del preso político.
      En  el año  2004 fui puesto en libertad  condicional después de  cumplir diez años por  causa política. Han pasado seis años  desde la excarcelación y aun estoy prisionero de  aquel  tiempo  que se piensa  superar alcanzada la libertad.  Es un hecho que las  circunstancias que  me  llevaron  a  la  cárcel  no han  cambiado, esa es una razón de peso, pero considero que el trauma  de  quienes van a  la prisión  por defender ideas sobrepasa  las metas  que se haya  propuesto.
      Soñar con frecuencia  el mundo  del presidio, despertar   en  las madrugadas  con el temor    de un nuevo  arresto, vuelven insoportable las noches. He  conversado  con prisioneros  políticos en  libertad  y han confesado  que se levantan en la noche escuchando  el grito del carcelero  anunciando el recuento de los  prisioneros.  Nos  sucede a  gran parte de nosotros  que  nunca  más  logramos  dormir  la mañana, aun sin  tareas  planificadas  nos levantamos  a  la seis de la mañana (hora del  primer  recuento).
    Pasar  años en  celdas solitarias  con  la única compañía  de  libros,  el sonido de las puertas  de  hierro y  los roedores, logran convertir  los deseos de superar  el trauma en  apatía. Cada minuto  de  encarcelamiento  queda en  el recuerdo  y aflora en su  intento  por  aniquilar  la  voluntad del  presente. Las heridas que dejan los  recuerdos de  la cárcel son incurables, lesionan  el alma  de forma  tal  que convierten   en inertes los  esfuerzos abriendo  una brecha infinita  hacia la esperanza. La convivencia  en el mundo  de  los  marginados  donde  la tensión es  perenne y se hace acompañar por  el sodomismo,  la  delación , abusos de  poder y el resto  de las malignidades  que pueden idear los seres humanos es algo  difícil  de  superar  para  la memoria.
      En la  cárcel, la sensación de vacío  domina el cuerpo, solo  se oculta  durante  los  encuentros  con los  familiares para regenerarse cuando se  marchan. Queda  esa  sensación  de soledad y lejanía que  utiliza  muy bien el gobierno que encarcela  para  trasladar  a los  prisioneros  políticos lejos de la ciudad donde residen y ubicarlos  de forma aislada a  convivir en  galeras con reos de  alta criminalidad. Una vez  excarcelados esa sensación de soledad, peligro y lejanía  salta  cuando se antoja  y sentimos el temor   de perder algo difícil  de identificar porque  lo implica  todo.
        La  libertad no se  alcanza con  la excarcelación  después de  largos  años de encierro  quedan los fantasmas  de  la  represión  más  cruel que pueda  sufrir cualquier ser viviente. No basta el carácter alegre  y los cambios de escenarios  para  borrar el recuerdo. No  basta la valentía  moral y política  para exterminar los  temores. El cuerpo carga con  el alma sangrante  por  el  resto de la vida.
      Los primeros meses  después  de liberado   sentía  la necesidad  de  estar solo si me  rodeaban  más  de  dos personas.  Después  debí  luchar contra el contradictorio  deseo de  estar  en  la celda solitaria, de extrañarla  en  contra  de  mi  voluntad. Ha pasado el  tiempo  y he vencido esos  traumas absurdos  pero  han  quedado y surgido  otros  como  los  de  abrir la puerta  de mi  casa o  contestar  al teléfono de forma deliberada. A  pesar  de la voluntad  surgen nuevas escenas en los sueños que relatan la continuidad  del encarcelamiento, el sonido  de las puertas de hierro, el maltrato de los  carceleros.
        La mayoría  de  los  días , en  las  celdas de  aislamiento  solo se  escucha el sonar de las rejas  y  el oído  se  acostumbra a identificar cada  una de  ellas  sin correr  el riesgo de la mas mínima  confusión. Es un mecanismo  del subconsciente para conocer por  donde  anda  el carcelero. Esa  experiencia queda fija  en  nuestras  habilidades pero es  algo  más  que evoca  el  recuerdo de  los  años  de  prisión.
       Quizás en unos  menos, otros  mas  pero el trauma  del  encarcelamiento político se queda  para  martirizar. Es  algo  que  las  autoridades  saben y utilizan  con  sus  extensas condenas para  que  no  quede duda. Largo y  difícil resulta describir la pesadilla del cautiverio  político, vale la pena si  una  persona  comprende que  cuando  se sentencia a  sufrir  desmedidas penas  en  las  cárceles  por desafiar con ideas al gobierno, se sentencia a la  familia, la sociedad  pero  sobre todo, el  alma recibe cadena perpetua.

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