Historia de los milagros
6:00 am
Los pájaros que duermen en los flamboyanes de la avenida no dejaron de chillar durante la madrugada en vano intento de protesta por la lluvia que les martirizaba el descanso y no cesaría hasta el atardecer. Acostumbrado a despertarme con el barullo de las aves, la noche se convirtió en largo amanecer que agraciado con la lluvia invernal convidaba a permanecer entre sabanas por el resto del día.
Contra mi voluntad una fuerza extraña me expulso de la cama y antes de imaginarlo estaba listo para salir y ejecutar el plan del día pero sin la menor idea de cómo, mientras el cielo estuviera descargando estornudos sobre las envejecidas calles de La Habana.
Al fin decidí, paraguas en mano cruce la puerta de la casa como Quijote con su lanza preparado para la batalla contra los molinos de viento que trituran la voluntad del mas afanado en mi tierra. Un vestigio de cordura me detuvo en el portal del edificio a esperar que la lluvia moderara su forma e igualáramos las armas con las que nos enfrentaríamos, yo con mi potente sombrilla y ella con su invencible gravedad. Como no se equilibraban las fuerzas decidí reforzar mi defensa con una estrategia difícil de lograr, sobre todo bajo el intenso ataque del agua. Resguardado por la sombrilla salte hacia la calle, alzando la mano con ímpetu necesario para vencer, combine el movimiento con un grito:
-¡Taxi!
Comenzaron los milagros. El taxi se detuvo, dentro el chofer abrió la puerta y para colmar el portento, no tuve que preguntar al taxista hacia donde se dirigía. Un taxi de moneda nacional a mi disposición. ¿Estarán cobrando valor los mártires impresos en ellas? Sentí lujuria.
El prodigioso taxi se parqueo justo en la puerta del Consulado español de forma tal que no fuera molestado por la mas mínima gota de lluvia. La paz que me invadía se convirtió en jubilo cuando después de ver las largas filas para trámites consulares y preguntar por la última persona para la gestión que debía hacer, el custodio con forma casi celestial me advirtió que no había nadie, podía pasar cuando estimara. Reacción: pasmado. No merecía tantos milagros, al menos en tan poco tiempo.
Cuando atravesé la puerta nadie pregunto a donde me dirigía, era invisible. Inmóvil, como si esperara por mí el funcionario parecía un maniquí detrás del vidrio. Después de recogido el documento una voz menciono mi nombre, la notaria; la misma persona que desde el pasado mes de noviembre trataba de localizar para que me devolviera el pasaporte olvidado en su oficina. Llamaba con insistencia y cuando gano mi atención se disculpo por no haberme hecho llegar el documento debido a que desconocía la dirección de donde vivo. Detalle las desventuras en los intentos por verla para recoger el documento y nos despedimos con el dulce alivio que reporta el perdón.
Con la certeza de haber sido tocado por la mano celestial decidí dejarme vencer por el cielo. Abrí la sombrilla y cantando bajo la lluvia comencé el regreso a la casa. Por el camino el incendio de un edificio me detuvo por unos minutos pero continúe la marcha para no dar ventaja al temporal que ya tenía mis pantalones empapados. Algo temeroso por los derrumbes sorteaba la avenida comercial de Galiano que mantenía sus tiendas cerradas por la interrupción de la corriente eléctrica lo que provocaba con énfasis la aglomeración de transeúntes que aguardan la escampada conveniente para continuar camino; el paso de los camiones de bombero los mantenía entretenidos como si observaran ovnis volando en la misma dirección.
Cuando doblaba la intercepción de las avenidas de Galiano y Reina la voz de un niño llamo mi atención. Al principio pensé que pediría algo de dinero para comprar golosinas, intente continuar camino pero su insistencia venció la omisión. El niño de unos ocho años indagaba sobre el lugar donde arreglaban espejuelos. En cuanto le indique el sitio, en el que casualmente había estado el día anterior, me pidió que si hacia camino lo acompañara.
En el trayecto me explico que había usado los la gafas de su papa y se le había perdido un tornillito con su tuerquita minúscula muy sui generis, repararlo le costaría diez pesos y el solo tenía cinco por lo que debía pedir el favor para pagar la mitad del precio. Le pedí mostrarme los espejuelos y para mi asombro la pieza que le faltaba era igual a la que había sustituido el día anterior, en el mismo lugar hacia donde debía dirigirse el muchachito.
Veinticuatro horas antes estuve en el taller de reparación de espejuelos porque uno de los dos minúsculos tornillitos se me había extraviado. Como no tenía el modelo me propusieron cambiar la pareja devolviéndome el que quedo solitario en el plástico. Ante la insistencia del reparador eche el tornillito en la billetera sin encontrar razones para ello.
Aun llevaba en el bolsillo la pieza que un niño necesitaba para volver a ser niño, porque un chico con preocupaciones se convierte en adulto. Cuando le mostré el tornillito que combinaba con el par que se mantenía en las gafas, el pequeño abrió su rostro a la alegría al punto de olvidar abrir su débil sombrilla cuando nos disponíamos a cruzar la calle.
Nos sentamos en estantería de una tienda abandonada y ambos tratamos de reconstruir lo dañado en los espejuelos del padre de aquel niño que no se percato del milagro de haber seleccionado entre la multitud a la persona que llevaba en el bolsillo la solución exacta de su dilema.
Cuando llegue a la casa tenia la ropa empapada, la lluvia se jactaba de su victoria y yo la dejaba que sonriera sobre mi cuerpo. A fin de cuenta estoy convencido que cuando Dios estornuda nos bendice en la tierra.

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