A Bernaldo Arévalo Padrón y
Su inseparable esposa Libertad.
“El grito”
Conducido por dos carceleros Bernaldo Arévalo se detuvo frente la entrada de la oficina. Uno de los guardias empujo la portezuela semiabierta y anuncio su llegada.
- Aquí traigo al recluso CR jefe- El aviso individualizado para resaltar el cumplimiento del mandato fue seguido por una voz áspera y flementina salida de las profundidades de la habitación.
- Adelante- Tras la orden, el guardia en jefe se levanto de la silla para sentarse a medias en el desolado buró, gustaba izar su pequeña figura para sentir la superioridad aunque la experiencia durara poco.
Al entrar a la oficina Bernaldo inhalo el olor a acre que se intensifico cuando al cerrar la puerta exhalo el tufo de los uniformes manchados por la serosidad reseca que comenzó a circular viciosamente atrapado en aquel tugurio sin ventanas. La desnuda bombilla que alumbraba el local descubría en las paredes la esmerada suciedad escondida detrás de los cuadros de propaganda política y dirigentes gubernamentales.
Incrustada en la pared de prefabricado una tabla llena de puntillas separadas horizontalmente a la misma distancia sostenía mazos de llaves, esposas de metal, tongas y un cinturón castrense repleto de sobresaliente remaches. El único mobiliario del lugar era el buró y una silla de madera que al repararla le habían alterado su diseño original.
De un salto el guardia en jefe se paro frente a Bernaldo, haciendo crujir las botas le dio una vuelta alrededor escrutándolo con la vesania de sus intensiones.
-¿Este es el tipo?- La indagación baldía trataba de romper la inercia.
- El mismo jefe- asintieron los dos subalternos de forma uniforme y con sumisión cortesana,
- Así que te gusta gritar consignas contrarrevolucionarias. Pues mira chico...-
El guardia en jefe hundió su puño en el aire hasta dejarlo caer sobre el rostro de Bernardo que se volteaba por la violencia del golpe.- Yo no creo en toda esa mierda de los derechos humanos, conmigo los humanos tienen que andar derechos, me paso por los coj…- ¡Zas!- otro zarpazo aterrizo sobre la boca de la victima que retrocedió un paso y luego se incorporo como impulsado por un resorte quedando al final del movimiento mas cerca de su agresor.
Bernaldo Arévalo sentía sus labios endurecidos palpitar al compás de los presurosos latidos del corazón. Fijo sus ojos en los del jefe y con la mirada pronuncio palabras que inquietaron a los tres uniformados.
- ¡Ah! eres guapo- en la voz del jefe se escuchaba el miedo por lo que sin mediar palabras hizo una señal con el mentón.
Bernaldo Arévalo advirtió que la opacidad de la bombilla era tapada con una enredadera de puños y tongas que aterrizaban en su cuerpo. Primero se desplomo en hinojos, esto provoco la incorporación de las patadas a la golpiza. Cada porrazo era una patética gota inquisidora que le hacia experimentar, en conjunto, el verdadero significado del martirio.
Los golpes llegaban como bombas silbantes y traqueaban el maxilar inferior o rasgaban la carne convertida en sangrante calvario del cuerpo. Las tonfas, con rapidez insuperable chocaban contra el tórax y provocaban el quejido de las costillas, al instante rebotaban en la espalda, clavícula, nuca…como si fueran misiles que vulneraban el escudo protector de los brazos de Bernaldo Arévalo para caer en lugares estratégicos del organismo.
El guardia en jefe tomo una de las esposas colgadas en el tablón, utilizándola de manopla sostuvo la cabeza de Bernaldo Arévalo por la barbilla y dejo caer un puñetazo en su rostro que fracturo el hueso nasal.
El perentorio estremecimiento de la columna hizo caer los brazos del golpeado que comenzó a desdeñar el amparo. Con la sensación de hundirse en el cieno, casi inconciente, adopto la posición prenatal, cerro fuerte los ojos y se dejo poseer por la ola de azotes salidos de la diabólica providencia.
El estruendo de su cuerpo lanzado contra el buró lo hizo volver en si. Abrió los ojos y se encontró con los rostros de los verdugos que lo miraban como si fuera un microbio propagador de epidemias. Los tres exhalaban el sudor de la faena que chorreaba en sus rostros y les remojaba los sobacos del sofocante uniforme. El guardia en jefe se agacho, pego el rostro al de su victima y gruño las palabras.
- Todavía tienes ganas de repetir tu atrevimiento- ante la respuesta afirmativa, el gruñido se convirtió en grito que a Bernaldo Arévalo le pareció una patada en los tímpanos dañados.
El guardia en jefe se levanto, tomo el cinto militar que colgaba en la tabla de las llaves y transformo el grito en latigazos. Con inanita lentitud los cancerberos secundaron los azotes con golpes acompañados de sonrisas reverentes y miradas discrepantes.
Una oleada de sangre anego la boca de Bernaldo Arévalo; el rictus de sus labios cambio al abrirse para dar paso en el liquido a la tenaz voluntad. Las múltiples incisiones en el rostro sangraban el llanto del alma cuyas lágrimas coloreaban el semblante de horror escarlata. Las piernas parecían carámbanos que habían roto el contacto con el palpitar del corazón. Una masa cegadora levantada ante el lo dejaba a la sombra. El guardia en jefe apunto al rostro de Bernaldo Arévalo con la tonfa que parecía sostenida por una mano afectada por el alcoholismo.
- Si tienes cojones vuelve a repetir tu atrevimiento- la amenaza se contradecía con la palidez del rostro que bañado en sudor le escocia los ojos haciéndolo desdeñar nerviosismo.
Desde el suelo Bernaldo Arévalo serpenteo una mirada entre los guardias y cuadros sostenidos en la pared. Detuvo la vista en uno de ellos. La instantánea fijaba la imagen de un hombre vestido de verde olivo, semioculto tras un podio se dirigía al publico cuyos semblantes le parecían a Bernaldo náufragos entre las sombras de aquel retrato encerrado en la dicotomía de la coloración blanca y negra.
Con rostro autoritario la figura del militar de la foto erguía imperioso el índice de la mano izquierda de forma que parecía dictaminar la eternidad de su poder. Una frase en la parte inferior del afiche lejos de estar en concordancia con el interés del auditorio, enmascaraba la apetencia del orador. Bernardo Arévalo escucho voces del pasado, el presente y sobre todo el futuro de donde se escuchaba un coro de infantes, entre ellos su hijo al cual le prohibían ver para evitar el contagio con las ideas que lo llevaron a la cárcel.
El dolor de los golpes ánimo a Bernaldo Arévalo, cada herida o hueso quebrado representaba el germen de la decadencia adversaria. Sentía crecer la satisfacción de estar encarcelado por expresar el pensamiento sin temor a las consecuencias. Lamentaba haber perdido la sensación de miedo que hasta entonces velaba por su vida. No importaba morir en forma bestial o humana , como fuera no podría existir mayor atrocidad que estar a merced de la voluntad de un hombre. Morir seria el fin de los males. Trato de incorporarse pero la resistencia, mas allá de su voluntad, le abrazaba el cuerpo con mil tormentos.
Levanto la cabeza con esfuerzo sobrehumano, la boca trepidaba en movimientos convulsivos, el resuello silbaba la asfixia en la garganta y obstaculizaba las palabras. Experimento como se perdía en el desierto donde se escuchaba su voz, temió ser atrapado por el silencio y la razón perdida en la soledad de cualquier escena de la vida. Entonces olvido los desengaños que habían vuelto imperfecta su entrega y se aferro a la libertad silvestre, donde cada sueño es la humanidad entera. Unió toda la engría que palpitaba en cada golpe para aumentar la voz del alma. Miro el cuadro en la pared, fijo su vista en el rostro del guardia en jefe y repitió su osadía.
- ¡Libertad! -

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