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viernes, 22 de octubre de 2010

El grito

                                                                                         A  Bernaldo  Arévalo  Padrón  y
                                                                                       Su inseparable esposa Libertad.

                                                         “El grito”  

    Conducido  por dos carceleros Bernaldo  Arévalo se detuvo frente  la entrada de la  oficina. Uno de  los guardias empujo  la  portezuela semiabierta y anuncio  su llegada.

- Aquí traigo al  recluso CR  jefe-  El aviso  individualizado   para  resaltar el  cumplimiento   del  mandato fue seguido por una voz áspera y flementina salida de las  profundidades de  la habitación.

- Adelante- Tras la orden,  el guardia en jefe se levanto de  la silla para sentarse a medias en el  desolado  buró, gustaba izar su pequeña  figura para sentir la  superioridad  aunque  la experiencia durara poco.

    Al entrar a la oficina  Bernaldo inhalo  el olor  a acre que  se intensifico cuando  al cerrar la puerta exhalo el tufo de los uniformes  manchados por  la  serosidad reseca que comenzó  a circular  viciosamente atrapado en aquel  tugurio sin ventanas. La desnuda bombilla que alumbraba el  local descubría  en las  paredes  la  esmerada suciedad  escondida detrás de  los cuadros de propaganda política y dirigentes gubernamentales.
Incrustada en  la  pared de prefabricado una tabla llena de puntillas separadas  horizontalmente a la  misma distancia  sostenía mazos de llaves,  esposas de  metal, tongas  y un cinturón castrense  repleto  de sobresaliente remaches. El único mobiliario del lugar era el buró  y una silla de  madera que al repararla  le  habían alterado su diseño  original.
     De un salto  el  guardia  en jefe se paro frente a Bernaldo,  haciendo crujir las  botas   le  dio una vuelta alrededor  escrutándolo con la vesania de sus  intensiones.

-¿Este es el tipo?- La indagación baldía trataba de  romper la  inercia.

-  El  mismo jefe- asintieron los dos subalternos de  forma uniforme y con  sumisión   cortesana,

-  Así que te gusta  gritar consignas  contrarrevolucionarias.  Pues mira  chico...-
 El  guardia en jefe hundió  su puño  en el aire hasta  dejarlo caer sobre el rostro de Bernardo que se volteaba por la  violencia del golpe.- Yo no creo  en  toda esa mierda de los derechos humanos,  conmigo los humanos tienen que andar derechos, me paso por los coj…- ¡Zas!- otro zarpazo aterrizo sobre la boca de la victima que retrocedió  un paso  y luego se  incorporo como impulsado por  un resorte  quedando al final del movimiento  mas cerca de su agresor.
Bernaldo  Arévalo sentía  sus labios endurecidos palpitar al compás de los  presurosos latidos del  corazón. Fijo   sus ojos en los  del  jefe y con la mirada pronuncio palabras que inquietaron a los tres uniformados.
- ¡Ah! eres guapo- en  la voz del jefe se escuchaba el   miedo  por  lo que sin  mediar palabras hizo una señal  con el  mentón.
Bernaldo Arévalo advirtió que la opacidad de  la bombilla era tapada con una enredadera de puños y tongas que aterrizaban en su cuerpo. Primero se desplomo en hinojos,  esto provoco la  incorporación  de las  patadas  a  la golpiza. Cada  porrazo era una patética gota inquisidora que le hacia experimentar,  en  conjunto,  el  verdadero significado  del  martirio.
     Los golpes llegaban como bombas silbantes y traqueaban el maxilar inferior o rasgaban la  carne convertida  en sangrante  calvario del  cuerpo. Las  tonfas, con rapidez insuperable  chocaban  contra el  tórax  y provocaban el quejido de  las costillas, al  instante rebotaban  en la espalda,  clavícula, nuca…como  si fueran misiles que vulneraban el escudo protector  de los brazos de Bernaldo Arévalo  para  caer en lugares estratégicos del organismo. 
   El  guardia en jefe tomo  una de las  esposas    colgadas en el  tablón, utilizándola  de  manopla sostuvo  la cabeza de Bernaldo Arévalo por  la  barbilla y dejo  caer  un puñetazo en su rostro que fracturo el  hueso nasal.
El perentorio estremecimiento de la  columna  hizo  caer los brazos   del golpeado que  comenzó a desdeñar  el amparo. Con  la sensación de hundirse en el  cieno, casi inconciente,  adopto la posición prenatal, cerro  fuerte los ojos y se dejo  poseer  por  la  ola de azotes salidos de  la diabólica providencia.
 El  estruendo  de su cuerpo lanzado  contra el  buró lo hizo volver  en  si. Abrió los  ojos  y  se encontró con  los rostros de los verdugos  que lo   miraban como  si fuera  un  microbio   propagador de epidemias.  Los tres exhalaban el  sudor de la faena que chorreaba en sus rostros y les  remojaba  los sobacos del sofocante  uniforme. El  guardia en jefe  se agacho,  pego el  rostro al de su victima y gruño las palabras.
- Todavía tienes ganas de repetir tu atrevimiento-  ante  la respuesta  afirmativa, el  gruñido  se convirtió en grito que a Bernaldo Arévalo le  pareció una patada en  los  tímpanos dañados. 
El guardia en jefe  se levanto,  tomo  el cinto militar que colgaba  en la  tabla  de  las llaves y transformo  el  grito  en latigazos. Con inanita  lentitud los cancerberos secundaron  los azotes  con golpes acompañados de  sonrisas reverentes y miradas discrepantes.
Una oleada de sangre  anego la  boca de Bernaldo Arévalo;  el  rictus de sus labios cambio  al  abrirse para dar paso en el liquido a la tenaz voluntad. Las múltiples incisiones  en el  rostro sangraban el llanto del alma  cuyas lágrimas  coloreaban  el semblante  de  horror  escarlata. Las piernas parecían carámbanos  que habían roto el contacto con  el  palpitar del corazón.  Una masa cegadora   levantada ante el lo dejaba  a la  sombra. El guardia en jefe apunto  al  rostro de Bernaldo  Arévalo  con la  tonfa   que parecía sostenida   por  una mano  afectada por el  alcoholismo.
- Si tienes cojones vuelve  a  repetir tu atrevimiento- la amenaza  se contradecía con  la palidez  del  rostro que bañado en sudor le escocia los ojos haciéndolo desdeñar nerviosismo.
Desde el suelo Bernaldo Arévalo serpenteo una mirada   entre los  guardias  y cuadros sostenidos     en la  pared. Detuvo  la  vista  en uno de  ellos.  La instantánea  fijaba la  imagen de un hombre vestido de verde olivo, semioculto tras  un podio se  dirigía  al publico  cuyos semblantes le  parecían a Bernaldo náufragos  entre las   sombras de aquel  retrato encerrado en  la  dicotomía de la  coloración  blanca y negra.
Con  rostro autoritario la  figura del  militar de la foto erguía imperioso el  índice  de  la  mano izquierda de  forma  que  parecía  dictaminar la eternidad de su  poder. Una frase  en la parte inferior  del afiche lejos  de estar  en  concordancia   con  el  interés del  auditorio, enmascaraba la apetencia  del  orador. Bernardo  Arévalo  escucho voces del pasado, el presente y  sobre todo el  futuro de  donde se escuchaba un coro de infantes, entre ellos  su hijo al  cual le  prohibían  ver para evitar el contagio con las  ideas que   lo llevaron a  la cárcel.
  El dolor  de los  golpes  ánimo  a Bernaldo Arévalo,  cada herida o hueso quebrado  representaba el germen de la decadencia  adversaria. Sentía crecer la  satisfacción de estar encarcelado por  expresar el pensamiento sin  temor a las  consecuencias. Lamentaba haber perdido  la sensación de miedo  que hasta  entonces velaba por  su vida.  No importaba morir en  forma  bestial  o humana , como  fuera no podría  existir  mayor atrocidad  que estar  a merced de  la  voluntad  de  un hombre. Morir seria  el  fin de  los  males. Trato  de  incorporarse pero  la  resistencia, mas  allá de  su voluntad, le  abrazaba el cuerpo  con mil  tormentos.
Levanto la  cabeza con esfuerzo sobrehumano, la  boca trepidaba en movimientos convulsivos,  el  resuello  silbaba la asfixia en  la  garganta y obstaculizaba  las  palabras. Experimento como  se perdía  en el  desierto donde se escuchaba su  voz, temió ser atrapado  por el  silencio   y la  razón perdida  en la  soledad de cualquier escena de la  vida. Entonces olvido los  desengaños que habían vuelto imperfecta  su entrega y se aferro a  la  libertad silvestre, donde  cada  sueño es la humanidad entera. Unió toda  la  engría que palpitaba en cada golpe para aumentar la  voz del  alma. Miro el  cuadro  en  la  pared,  fijo su vista  en el  rostro del  guardia  en jefe y repitió su osadía.
-  ¡Libertad! -

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