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viernes, 29 de octubre de 2010

Los Tributos del rey

La  Gaceta  Oficial  de la  Republica de  Cuba salio a  la venta  con  la publicación sobre las  resoluciones al tratamiento laboral  y salarial  para  los  trabajadores  disponibles e interruptos y  modificaciones al sistema  de  gestión  empresarial  cubano.
Los Decretos ponen  fin a  las  especulaciones existentes desde que el gobierno  anunciara el despido masivo de trabajadores en  el  sector estatal y el  levantamiento  de prohibiciones  para el trabajo  por  cuenta propia.
Como  esperábamos  los  decretos  llegan plagados de contravenciones  y tributos que dejan poco espacio a  la  prosperidad  de los  interesados en convertirse  en cuentapropistas.
El gobierno  dispone cobrar  hasta el 50%  de impuestos de los  ingresos  personales,  liberando  del pago a quienes ingresen menos de 5.000 pesos  al  año, 120 cuc según el cambio actual. Los cuentapropistas  que contraten fuerza  laboral deberán pagar el  25% del salario de cada empleado.  Prosigue el decreto  con una serie de tributos que según el semanario oficial Granma  están destinados a evitar el enriquecimiento del sector  privado.
Después que el gobierno diseño un país  sin economía,  intenta recuperarse  con la población sumida  en la pobreza y sin posibilidades  de  enfrentar el reto. Según las  opciones dejadas por  el sistema  durante mas  de  medio  siglo , los  cubanos estamos  acostumbrados   a  buscar  el pan día a  día,  incursionar en el mercado negro para subsistir  y   lucrar los  bienes  del  estado  como  forma  de  “resolver”  la  situación domestica.
Resulta inverosímil  idear de la  miseria  el negocio  privado para prosperar  de  forma  independiente. Como  increíble que  el sector privado adsorba  gran  parte de los desempleados  si  al  empleador  se le impone un desproporcionado  gravamen por  cada  trabajador con  el supuesto  fin de evitar la  explotación de  la  fuerza laboral hasta el momento  masacrada  por el  Estado con salarios discordantes de la oferta en  el  mercado  estatal.
Las regulaciones decretadas buscan el control  del  mercado  y extraer las ultimas gotas de  infortunio de la  población para salvar el  sistema económico centralizado  que desbarato la  economía  del  país donde el poder  económico es temido  por  el poder  político.
Estas  medidas no son más que el reflejo del  poderío  que ejerce el régimen sobre el país. No es  necesario ser  buen  observador para saber donde esta concentrada  la riqueza  escondida bajo  la  influencia de las altas esferas gubernamentales. Riquezas que no saltaran a incursionar en lo privado por su  procedencia corrupta. Ya sabemos que son sostenidas por la reverencia servicial y  cuando fallan  un grado  en su inclinación se vuelven el  blanco  de acusaciones  públicas, si antes no logran el  exilio.

Sin mercado  mayorista, con  el  peso tributario  sobre  los hombros, un sistema  de vigilancia basado en el  oportunismo y la consigna de que  la  economía de mercado forma parte de las armas  del enemigo  capitalista,  el gobierno establece su estrategia para eliminar cualquier vestigio de prosperidad económica privada, preparando el  cerco  desde  los  inicios.

En  lo adelante mas que bonanza escucharemos  de  operaciones  policiales como  el Plan Maceta que abonan el  terreno  para las prohibiciones  y derogación de los decretos    promulgados  por  conveniencia del  régimen. La desconfianza  que asumimos los  cubanos  no   es  mas que el  resultado de las  acciones  del  régimen que cada vez  que se enferma  se vacuna con  el pueblo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

                                                                Fuga

La  conocí una noche de escapada
y  allá en  la  vieja pérgola  escondida
derramamos  la fuente  de  la  vida
templando  el frió de  la  madrugada.

Al idilio puso fin la alborada
Y en los besos de nuestra despedida
quedòseme  el alma  adolorida
al sentir que en el  acto ella escapaba.


A su entrega quiero hacerle  honores
pero su gloria se pasea  por mis  venas
pues no he  visto miel  con los sabores
del ser que dejo  mi  alma  peregrina
cuando marchose sin decir  apenas
si volvería a besar su piel divina.

Cautiverio

He visto el cautiverio de tus hijos
al  punto que  del  ser  nada me  asombre,
en cárceles de lóbregos  prolijos
donde con trémula alma holga en hombre.

En  las  exequias he visto el  placer
de quienes ansían ceñir la muerte,
ante el agudo espanto padecer
por  legamos que el plàcet en  ellos vierte.

Quebrados he visto en atroz martirio
esperanzas de  místicos santuarios,
conjurado  sal tiempo, magros  cirios,
ahogados por argucias y sudarios

Cuantas visiones hacinan la  espera
nostalgia réproba,  desconocida,
henchida gravidez  de  las  cadenas,
pecados  sin alma, alma  sin vida.

¿Dónde engendra la  injuria su amargura
cuando sopla  y marchita nuestro tiempo?
¡como azota este mal que ya perdura!
¡como  expiran los ojos  del lamento!

*/

A Mirurgia
Poema  escrito  eternamente a  ella 
y la  esperanza de inmortalizar su beso.


Silencio  solicito a  la  mañana
al  céfiro  no  dancen los  ramajes,
matiz de la  luz bordado en  la esperanza
callados queden los trinos que se  afanan
al  cielo  colorar  con sus tonadas
al  resplandor  armónico  del alba
ufania de colinas y montañas.
Silencio  solicito a  la mañana:
al maternal  arrullo de las  palmas 
entre músicas de arpas  y salterios
a  la voz de  florestas y sabanas,
al torrente cristal donde se mira
la  luna en  noches desiertas y el  sol
brilla como oro en  el  cuello  de una dama.

Silencio  solicito a la  mañana:
que  el celaje interrumpa la partida
inerme  niebla aguarde  en  las  praderas
sabaticen los ángeles  sus alas
panes  y peces, señor, no se  esparzan,
detenido  en el mar quede el  milagro
y camine su beso  sobre el  agua.


Silencio  solicito  a  la  mañana:
al elíseo sitio  donde  almas
la enamorada  sonrisa  no espanta;
al silbador  de indulgencias malsanas
cual fementido espectro  disfrazado
crueldad del miedo  a lagrimas  audaces
que bautizan  las  horas matinadas.
Silencio  solicito a  la mañana:
las flores  al  rocío  no  se rasguen,
un instante sin cantos ni  palabras
y el   tiempo  detenido ante estas ganas.
Solo fervor, sus labios  y  mi calma.
Silencio al Dios de  las  alturas
                                                     para sentir  el  beso de  mi hermana

viernes, 22 de octubre de 2010

poesia

Hoy como nunca fui presa de sus bezos
y  en el intento de  eludir su ambición
quede atrapado en el deleite de sus labios
enardecida  el  alma, corrientes  de fuego
sometieron mi  juicio  a  su  voluntad.
Recorrí su piel con cien  manos de ganas
arruine su peinado   con  la furia  de  dios
y  ella no se  como,  en un abrazo
tallo en mi cuerpo el  desnudo de dos.
Cerraron  filas las  hierbas color esperanza
y  en cómplice silencio con  las  flores blancas
ocultaron  con celo  la  alcoba improvisada.
El   cielo vestido de luto estrellado
cayo como  manto sobre nuestros cuerpos
la cordura excitada menosprecio los limites,
el  temor  humano estremeció de deseo
y ya sin remedio, a  su  embrujo atado
un suspiro en  mi oído nos elevo al  cielo.
Manchados de noche, hierbas y flores
juramos amarnos  hasta  el  fin de los días
y no quise prometer mas por miedo al  quebranto.

Hoy  como  nunca soy presa de sus besos
en sueños la  evoco, la llama  el recuerdo
de habernos amado como   dos infieles
que les  basta un  segundo para el beso  eterno.
No he repetido  otro vano intento
de escapar  del idilio que  me duele tanto
porque de su cuerpo quiero vivir preso
porque ya no vivo  si no esta a mi  lado

Historia de los milagros

Historia de los  milagros
6:00  am
         Los pájaros que duermen en los flamboyanes de la  avenida no  dejaron de  chillar durante  la madrugada en   vano intento de protesta  por  la  lluvia que  les  martirizaba el descanso  y no  cesaría hasta el atardecer. Acostumbrado a  despertarme con el barullo de  las aves, la noche se  convirtió en largo  amanecer que  agraciado con  la lluvia  invernal convidaba  a  permanecer entre sabanas  por  el  resto  del día.
       Contra mi  voluntad una fuerza  extraña me expulso de la cama y antes de  imaginarlo  estaba listo para salir y ejecutar  el plan del  día  pero   sin  la menor idea  de  cómo, mientras el cielo  estuviera  descargando  estornudos sobre las envejecidas calles  de La  Habana.
         Al fin decidí, paraguas en mano cruce la puerta de la casa como Quijote con su lanza preparado  para la batalla  contra los molinos  de  viento que trituran la voluntad del  mas afanado en  mi  tierra. Un vestigio  de  cordura me  detuvo en  el portal del edificio a  esperar que  la lluvia moderara  su forma  e  igualáramos las armas con  las  que  nos  enfrentaríamos,  yo  con  mi potente sombrilla  y ella con su  invencible  gravedad. Como no  se  equilibraban  las fuerzas  decidí  reforzar mi defensa con  una estrategia  difícil  de  lograr, sobre todo bajo el intenso ataque del agua. Resguardado por  la sombrilla salte  hacia  la calle, alzando  la mano con ímpetu  necesario  para vencer, combine el movimiento  con  un grito:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           
-¡Taxi!
         Comenzaron los milagros. El taxi se  detuvo, dentro el chofer abrió  la puerta  y para colmar el portento, no  tuve  que  preguntar al taxista  hacia  donde se  dirigía. Un taxi de moneda nacional a  mi  disposición. ¿Estarán cobrando valor los mártires impresos en ellas? Sentí lujuria.
          El prodigioso taxi se parqueo justo  en  la puerta del Consulado español de forma tal que no   fuera molestado  por la mas mínima  gota  de  lluvia. La paz que  me invadía  se  convirtió  en  jubilo   cuando después de ver las largas filas para trámites  consulares y preguntar  por  la última persona  para  la  gestión que debía  hacer, el custodio con   forma  casi celestial me  advirtió  que no   había nadie, podía  pasar  cuando estimara. Reacción: pasmado. No  merecía tantos milagros, al menos en  tan poco  tiempo.
      Cuando atravesé la puerta  nadie  pregunto a  donde  me  dirigía, era  invisible. Inmóvil, como  si  esperara  por  mí el funcionario parecía un maniquí  detrás del vidrio. Después de  recogido  el documento una  voz  menciono mi  nombre, la notaria; la misma  persona  que  desde  el pasado mes de noviembre trataba de  localizar  para  que me  devolviera  el pasaporte olvidado  en su  oficina. Llamaba  con  insistencia y cuando gano  mi  atención  se  disculpo por  no haberme  hecho  llegar el  documento debido  a que desconocía  la dirección de donde vivo. Detalle  las desventuras en los intentos por verla para recoger  el documento  y nos  despedimos con el dulce alivio  que reporta  el perdón.
            Con  la   certeza de   haber sido  tocado por la  mano  celestial decidí  dejarme vencer por  el cielo. Abrí la sombrilla y  cantando  bajo la lluvia comencé el regreso  a  la casa. Por  el camino el incendio  de un edificio  me detuvo  por unos minutos pero continúe la marcha   para no  dar  ventaja  al temporal  que ya  tenía mis  pantalones  empapados. Algo  temeroso  por  los  derrumbes sorteaba la avenida  comercial  de  Galiano que  mantenía  sus tiendas   cerradas  por la interrupción de la  corriente eléctrica  lo  que provocaba  con  énfasis la aglomeración   de  transeúntes que aguardan la  escampada conveniente para  continuar camino; el paso  de los  camiones de  bombero  los mantenía entretenidos como si observaran ovnis  volando  en la misma  dirección.
     Cuando doblaba  la intercepción de  las avenidas  de  Galiano  y Reina  la  voz  de  un niño            llamo  mi atención. Al principio  pensé  que  pediría  algo  de  dinero para comprar  golosinas, intente continuar  camino  pero  su insistencia venció la  omisión. El niño  de unos  ocho años indagaba sobre el lugar donde arreglaban espejuelos. En cuanto le  indique  el  sitio, en  el que  casualmente  había estado  el  día  anterior, me pidió que  si  hacia  camino  lo  acompañara.
      En  el trayecto  me explico  que había usado los la gafas de   su  papa  y se  le había perdido  un  tornillito con  su tuerquita  minúscula   muy  sui generis, repararlo  le  costaría  diez  pesos  y  el solo  tenía cinco  por lo  que debía pedir el favor para pagar la mitad del precio. Le  pedí mostrarme  los  espejuelos y para  mi  asombro la  pieza  que le  faltaba era igual  a la que había sustituido  el   día  anterior,  en  el mismo  lugar hacia donde  debía  dirigirse  el muchachito.
       Veinticuatro  horas antes estuve  en el taller de  reparación de  espejuelos porque uno  de los  dos minúsculos tornillitos se me había  extraviado. Como no  tenía el modelo  me propusieron cambiar  la pareja devolviéndome el que   quedo  solitario  en  el plástico. Ante la insistencia del reparador  eche el  tornillito  en la  billetera sin encontrar razones  para  ello.
       Aun llevaba en el bolsillo la pieza  que un niño  necesitaba  para volver a  ser niño, porque  un chico  con  preocupaciones se convierte  en adulto. Cuando  le  mostré  el tornillito  que combinaba con el par que se mantenía en las gafas, el  pequeño abrió  su rostro  a   la alegría al punto  de  olvidar  abrir  su débil sombrilla  cuando  nos disponíamos  a  cruzar  la  calle.
      Nos  sentamos en  estantería   de  una  tienda  abandonada y ambos  tratamos  de reconstruir   lo dañado  en  los espejuelos  del padre  de  aquel niño que no  se  percato  del milagro de  haber seleccionado entre la multitud a la  persona  que  llevaba  en el bolsillo  la solución exacta de su dilema.    
  Cuando llegue a  la  casa  tenia la  ropa   empapada, la  lluvia  se  jactaba de  su victoria y yo la  dejaba que  sonriera  sobre mi  cuerpo. A fin de  cuenta  estoy  convencido  que cuando  Dios  estornuda nos bendice  en la  tierra.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              
                                                      

El grito

                                                                                         A  Bernaldo  Arévalo  Padrón  y
                                                                                       Su inseparable esposa Libertad.

                                                         “El grito”  

    Conducido  por dos carceleros Bernaldo  Arévalo se detuvo frente  la entrada de la  oficina. Uno de  los guardias empujo  la  portezuela semiabierta y anuncio  su llegada.

- Aquí traigo al  recluso CR  jefe-  El aviso  individualizado   para  resaltar el  cumplimiento   del  mandato fue seguido por una voz áspera y flementina salida de las  profundidades de  la habitación.

- Adelante- Tras la orden,  el guardia en jefe se levanto de  la silla para sentarse a medias en el  desolado  buró, gustaba izar su pequeña  figura para sentir la  superioridad  aunque  la experiencia durara poco.

    Al entrar a la oficina  Bernaldo inhalo  el olor  a acre que  se intensifico cuando  al cerrar la puerta exhalo el tufo de los uniformes  manchados por  la  serosidad reseca que comenzó  a circular  viciosamente atrapado en aquel  tugurio sin ventanas. La desnuda bombilla que alumbraba el  local descubría  en las  paredes  la  esmerada suciedad  escondida detrás de  los cuadros de propaganda política y dirigentes gubernamentales.
Incrustada en  la  pared de prefabricado una tabla llena de puntillas separadas  horizontalmente a la  misma distancia  sostenía mazos de llaves,  esposas de  metal, tongas  y un cinturón castrense  repleto  de sobresaliente remaches. El único mobiliario del lugar era el buró  y una silla de  madera que al repararla  le  habían alterado su diseño  original.
     De un salto  el  guardia  en jefe se paro frente a Bernaldo,  haciendo crujir las  botas   le  dio una vuelta alrededor  escrutándolo con la vesania de sus  intensiones.

-¿Este es el tipo?- La indagación baldía trataba de  romper la  inercia.

-  El  mismo jefe- asintieron los dos subalternos de  forma uniforme y con  sumisión   cortesana,

-  Así que te gusta  gritar consignas  contrarrevolucionarias.  Pues mira  chico...-
 El  guardia en jefe hundió  su puño  en el aire hasta  dejarlo caer sobre el rostro de Bernardo que se volteaba por la  violencia del golpe.- Yo no creo  en  toda esa mierda de los derechos humanos,  conmigo los humanos tienen que andar derechos, me paso por los coj…- ¡Zas!- otro zarpazo aterrizo sobre la boca de la victima que retrocedió  un paso  y luego se  incorporo como impulsado por  un resorte  quedando al final del movimiento  mas cerca de su agresor.
Bernaldo  Arévalo sentía  sus labios endurecidos palpitar al compás de los  presurosos latidos del  corazón. Fijo   sus ojos en los  del  jefe y con la mirada pronuncio palabras que inquietaron a los tres uniformados.
- ¡Ah! eres guapo- en  la voz del jefe se escuchaba el   miedo  por  lo que sin  mediar palabras hizo una señal  con el  mentón.
Bernaldo Arévalo advirtió que la opacidad de  la bombilla era tapada con una enredadera de puños y tongas que aterrizaban en su cuerpo. Primero se desplomo en hinojos,  esto provoco la  incorporación  de las  patadas  a  la golpiza. Cada  porrazo era una patética gota inquisidora que le hacia experimentar,  en  conjunto,  el  verdadero significado  del  martirio.
     Los golpes llegaban como bombas silbantes y traqueaban el maxilar inferior o rasgaban la  carne convertida  en sangrante  calvario del  cuerpo. Las  tonfas, con rapidez insuperable  chocaban  contra el  tórax  y provocaban el quejido de  las costillas, al  instante rebotaban  en la espalda,  clavícula, nuca…como  si fueran misiles que vulneraban el escudo protector  de los brazos de Bernaldo Arévalo  para  caer en lugares estratégicos del organismo. 
   El  guardia en jefe tomo  una de las  esposas    colgadas en el  tablón, utilizándola  de  manopla sostuvo  la cabeza de Bernaldo Arévalo por  la  barbilla y dejo  caer  un puñetazo en su rostro que fracturo el  hueso nasal.
El perentorio estremecimiento de la  columna  hizo  caer los brazos   del golpeado que  comenzó a desdeñar  el amparo. Con  la sensación de hundirse en el  cieno, casi inconciente,  adopto la posición prenatal, cerro  fuerte los ojos y se dejo  poseer  por  la  ola de azotes salidos de  la diabólica providencia.
 El  estruendo  de su cuerpo lanzado  contra el  buró lo hizo volver  en  si. Abrió los  ojos  y  se encontró con  los rostros de los verdugos  que lo   miraban como  si fuera  un  microbio   propagador de epidemias.  Los tres exhalaban el  sudor de la faena que chorreaba en sus rostros y les  remojaba  los sobacos del sofocante  uniforme. El  guardia en jefe  se agacho,  pego el  rostro al de su victima y gruño las palabras.
- Todavía tienes ganas de repetir tu atrevimiento-  ante  la respuesta  afirmativa, el  gruñido  se convirtió en grito que a Bernaldo Arévalo le  pareció una patada en  los  tímpanos dañados. 
El guardia en jefe  se levanto,  tomo  el cinto militar que colgaba  en la  tabla  de  las llaves y transformo  el  grito  en latigazos. Con inanita  lentitud los cancerberos secundaron  los azotes  con golpes acompañados de  sonrisas reverentes y miradas discrepantes.
Una oleada de sangre  anego la  boca de Bernaldo Arévalo;  el  rictus de sus labios cambio  al  abrirse para dar paso en el liquido a la tenaz voluntad. Las múltiples incisiones  en el  rostro sangraban el llanto del alma  cuyas lágrimas  coloreaban  el semblante  de  horror  escarlata. Las piernas parecían carámbanos  que habían roto el contacto con  el  palpitar del corazón.  Una masa cegadora   levantada ante el lo dejaba  a la  sombra. El guardia en jefe apunto  al  rostro de Bernaldo  Arévalo  con la  tonfa   que parecía sostenida   por  una mano  afectada por el  alcoholismo.
- Si tienes cojones vuelve  a  repetir tu atrevimiento- la amenaza  se contradecía con  la palidez  del  rostro que bañado en sudor le escocia los ojos haciéndolo desdeñar nerviosismo.
Desde el suelo Bernaldo Arévalo serpenteo una mirada   entre los  guardias  y cuadros sostenidos     en la  pared. Detuvo  la  vista  en uno de  ellos.  La instantánea  fijaba la  imagen de un hombre vestido de verde olivo, semioculto tras  un podio se  dirigía  al publico  cuyos semblantes le  parecían a Bernaldo náufragos  entre las   sombras de aquel  retrato encerrado en  la  dicotomía de la  coloración  blanca y negra.
Con  rostro autoritario la  figura del  militar de la foto erguía imperioso el  índice  de  la  mano izquierda de  forma  que  parecía  dictaminar la eternidad de su  poder. Una frase  en la parte inferior  del afiche lejos  de estar  en  concordancia   con  el  interés del  auditorio, enmascaraba la apetencia  del  orador. Bernardo  Arévalo  escucho voces del pasado, el presente y  sobre todo el  futuro de  donde se escuchaba un coro de infantes, entre ellos  su hijo al  cual le  prohibían  ver para evitar el contagio con las  ideas que   lo llevaron a  la cárcel.
  El dolor  de los  golpes  ánimo  a Bernaldo Arévalo,  cada herida o hueso quebrado  representaba el germen de la decadencia  adversaria. Sentía crecer la  satisfacción de estar encarcelado por  expresar el pensamiento sin  temor a las  consecuencias. Lamentaba haber perdido  la sensación de miedo  que hasta  entonces velaba por  su vida.  No importaba morir en  forma  bestial  o humana , como  fuera no podría  existir  mayor atrocidad  que estar  a merced de  la  voluntad  de  un hombre. Morir seria  el  fin de  los  males. Trato  de  incorporarse pero  la  resistencia, mas  allá de  su voluntad, le  abrazaba el cuerpo  con mil  tormentos.
Levanto la  cabeza con esfuerzo sobrehumano, la  boca trepidaba en movimientos convulsivos,  el  resuello  silbaba la asfixia en  la  garganta y obstaculizaba  las  palabras. Experimento como  se perdía  en el  desierto donde se escuchaba su  voz, temió ser atrapado  por el  silencio   y la  razón perdida  en la  soledad de cualquier escena de la  vida. Entonces olvido los  desengaños que habían vuelto imperfecta  su entrega y se aferro a  la  libertad silvestre, donde  cada  sueño es la humanidad entera. Unió toda  la  engría que palpitaba en cada golpe para aumentar la  voz del  alma. Miro el  cuadro  en  la  pared,  fijo su vista  en el  rostro del  guardia  en jefe y repitió su osadía.
-  ¡Libertad! -