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viernes, 17 de septiembre de 2010

 Desde  que el gobierno cubano anuncio las  nuevas  medidas para  aliviar la crisis económica  en la isla  hasta los más conservadores han dejado entrever  en  sus análisis vestigios de  esperanzas  hacia  la esperada apertura.  Después de  tantos  años  de rigidez  abrir espacios  al  trabajo por  cuenta propia  que es la denominación  que da el gobierno a la privatización a menor escala, puede parecer el  primer  paso al cambio que exige la economía  cubana.  A   toda  la divulgación de los medios  de  difusión  sobre la nueva  política  económica  cubana  se  suma la polémica afirmación  de el ex  gobernante Fidel   Castro sobre lo  pernicioso del modelo  cubano. No faltan los que se lamentan porque  el embargo de EUA  hacia Cuba  les hace perder  el  tren de  posibilidades  que traerán las  transformaciones.
    Todo parece indicar que llegan reformas  económicas  que harán avanzar el país  y facilitando la libertad  que  merece el cubano, esa que  durante más  de  cinco décadas  ha buscado  en el exilio a  pesar de  las prohibiciones para salir del territorio nacional.
   Poco  entusiasmo interno se observa  con la algarabía y es que para  emerger del desastre al  que han sumergido el país, desde el palacio,  los  gobernantes lanzan  migajas que el pueblo recoge con recelo por el   riesgo que implica  el acto, a  pesar  de  la  autorización de  consumir las  sobras.
   El arrendamiento  de  taxis y locales  para  salones  de  belleza  rompió  con  el experimento  que sin mucho  análisis se  sabe que mantiene  como su  principal proveedor  al mercado negro debido  a  los  altos precios de los productos   en la tiendas  del  Estado y la falta del mercado mayorista donde solo  compran las empresas  extranjeras,  gubernamentales  y algún  que  otro beneficiado  por las autoridades. Para que el negocio sea rentable  el camino riesgoso  a la ilegalidad se abre como la fórmula uno para resolver el problema, la dos es  el consumo en los establecimientos  del Estado que le permitirá la recuperación de divisas con  precios  que duplican   el valor  mercantil de las ofertas.
   Dar la oportunidad para que  los cubanos  pongan botones,  arreglen  ponches de  neumáticos, reparen  equipos  electrodomésticos, trabajen la  tierra antes ociosa, remienden zapatos…  es algo  insípido para que  la  iniciativa  privada ayude a la economía  de un país  donde  empresas  extranjeras  con  pequeños capitales han  obtenido  ganancias millonarias. Más bien es la solución al desempleo al que los  cubanos  están acostumbrados  si se  tiene  en cuenta que los  salarios no alcanzan  para cubrir las necesidades  domesticas y es el ¨invento¨ quien compensa los  bajos  ingresos.
  Hace dos  años el gobierno levanto las prohibiciones que privaban a  los nacionales alojarse en hoteles  y obtener contratos para  la telefonía celular. Todavía hay  quienes  consideran tales medidas  como voluntad de  cambio a pesar de que   la devolución de  esas  libertades  ha servido para sacar más divisas  de los bolsillos  de quienes  pueden  pagar los precios de estos servicios en  desajuste  total  con los sueldos actuales de la mayoría de la población.
   Estamos acostumbrados  a  los toques  cosméticos que  nos  devuelven  lo que por  derecho  es  nuestro y nos hacen  pensar  que  se  ofrecen  como gesto  de buena  voluntad. Los  cambios económicos en  Cuba  deben ser profundos y con  la participación empresarial  de todos  los  cubanos, los únicos interesados en levantar  las ruinas de la economía  centralizada que ha congelado nuestra  iniciativa o la empuja  hacia el  exilio para luego esgrimir que el imperialismo  se roba los talentos.

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