Desde que el gobierno cubano anuncio las nuevas medidas para aliviar la crisis económica en la isla hasta los más conservadores han dejado entrever en sus análisis vestigios de esperanzas hacia la esperada apertura. Después de tantos años de rigidez abrir espacios al trabajo por cuenta propia que es la denominación que da el gobierno a la privatización a menor escala, puede parecer el primer paso al cambio que exige la economía cubana. A toda la divulgación de los medios de difusión sobre la nueva política económica cubana se suma la polémica afirmación de el ex gobernante Fidel Castro sobre lo pernicioso del modelo cubano. No faltan los que se lamentan porque el embargo de EUA hacia Cuba les hace perder el tren de posibilidades que traerán las transformaciones.
Todo parece indicar que llegan reformas económicas que harán avanzar el país y facilitando la libertad que merece el cubano, esa que durante más de cinco décadas ha buscado en el exilio a pesar de las prohibiciones para salir del territorio nacional.
Poco entusiasmo interno se observa con la algarabía y es que para emerger del desastre al que han sumergido el país, desde el palacio, los gobernantes lanzan migajas que el pueblo recoge con recelo por el riesgo que implica el acto, a pesar de la autorización de consumir las sobras.
El arrendamiento de taxis y locales para salones de belleza rompió con el experimento que sin mucho análisis se sabe que mantiene como su principal proveedor al mercado negro debido a los altos precios de los productos en la tiendas del Estado y la falta del mercado mayorista donde solo compran las empresas extranjeras, gubernamentales y algún que otro beneficiado por las autoridades. Para que el negocio sea rentable el camino riesgoso a la ilegalidad se abre como la fórmula uno para resolver el problema, la dos es el consumo en los establecimientos del Estado que le permitirá la recuperación de divisas con precios que duplican el valor mercantil de las ofertas.
Dar la oportunidad para que los cubanos pongan botones, arreglen ponches de neumáticos, reparen equipos electrodomésticos, trabajen la tierra antes ociosa, remienden zapatos… es algo insípido para que la iniciativa privada ayude a la economía de un país donde empresas extranjeras con pequeños capitales han obtenido ganancias millonarias. Más bien es la solución al desempleo al que los cubanos están acostumbrados si se tiene en cuenta que los salarios no alcanzan para cubrir las necesidades domesticas y es el ¨invento¨ quien compensa los bajos ingresos.
Hace dos años el gobierno levanto las prohibiciones que privaban a los nacionales alojarse en hoteles y obtener contratos para la telefonía celular. Todavía hay quienes consideran tales medidas como voluntad de cambio a pesar de que la devolución de esas libertades ha servido para sacar más divisas de los bolsillos de quienes pueden pagar los precios de estos servicios en desajuste total con los sueldos actuales de la mayoría de la población.
Estamos acostumbrados a los toques cosméticos que nos devuelven lo que por derecho es nuestro y nos hacen pensar que se ofrecen como gesto de buena voluntad. Los cambios económicos en Cuba deben ser profundos y con la participación empresarial de todos los cubanos, los únicos interesados en levantar las ruinas de la economía centralizada que ha congelado nuestra iniciativa o la empuja hacia el exilio para luego esgrimir que el imperialismo se roba los talentos.

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